
El reloj marcaba 1 hora, 49 minutos y 40 segundos. La mayoría de los corredores ya había cruzado la meta y la quinta Corrida Familiar de Maipú de la calurosa mañana de domingo 13 de septiembre llegaba a su fin. Entonces apareció uno de los últimos participantes: un adulto mayor avanzando acompañado por quien sería su nieto.
En una carrera, llegar último puede parecer una derrota. El último es el más lento, el que quedó atrás, el que necesitó más tiempo que todos los demás. Incluso puede convertirse, bajo esa mirada tan competitiva con que muchas veces medimos a las personas, en motivo de burla o menosprecio.
Pero un reloj solamente mide el tiempo. No mide el esfuerzo.
No sabemos qué historia cargaba aquel adulto mayor mientras avanzaba hacia la meta. Tampoco cuántos años tenía, cuánto le costó completar el recorrido o qué dificultades tuvo que superar para llegar hasta allí. Y precisamente por eso sería injusto medir su logro solamente comparándolo con quienes terminaron mucho antes.
Porque cada persona corre una carrera distinta.
Hay quienes pueden completar cinco kilómetros en pocos minutos y quienes necesitan más de una hora. Hay quienes llegan solos y quienes necesitan una mano, una palabra o simplemente a alguien caminando a su lado.
Y ahí aparece probablemente la imagen más valiosa del registro.
Un niño acompañando a su abuelo hasta el final.
No adelantándose. No esperando cómodamente en la meta. A su lado.
En momentos en que conocemos historias de adultos mayores enfrentando la soledad y el abandono, una escena tan sencilla como esta adquiere otro significado. Nos recuerda algo que parece evidente, pero que no siempre practicamos: la familia no debería dejar atrás a quienes alguna vez caminaron antes con nosotros.
También es una imagen que interpela a una sociedad donde la juventud suele asociarse con capacidad, renovación y futuro, mientras en demasiadas ocasiones la vejez comienza a ser mirada como una carga o como una etapa en que las personas deben hacerse a un lado.
Pero los años nos alcanzarán a todos.
Quienes hoy corren rápido algún día caminarán más lento. Quienes hoy ayudan probablemente mañana necesitarán ayuda. Envejecer no debería significar perder nuestro lugar en la sociedad ni mucho menos nuestra dignidad.
Por eso, quizás aquel hombre no fue realmente el último de la corrida.
Llegó después que muchos, sí. El reloj marcaba 1:49:40 cuando cruzó la meta. Pero llegó. Y a su lado había alguien que entendió que terminar juntos podía ser más importante que llegar primero.
Y aunque ese pequeño acompañante no aparezca entre los ganadores oficiales ni sepamos si estaba inscrito como competidor, también corrió una carrera que vale la pena reconocer.
Porque hay medallas que se cuelgan del cuello y otras que no necesitan ceremonia.
Créditos del video: Diego González / @dieguitodieguitodieguito
@dieguitodieguitodieguito Emocionante
♬ Originalton – Sean
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